El reloj de pared anunciaba que al fin eran las 17 hs. Anita tomó su bolso, su pañuelo de cuello y su campera. Afuera, el cielo amenazaba con caérsele encima y a pedazos. Cerró la oficina, saludó a todos y bajó la escalera redoblando la apuesta por la libertad.
El plomo de la calle y el cielo se hicieron uno, sin horizonte, y tras los primeros truenos comenzó a llover en forma despiadada. Ella se refugió en el alero del puesto de flores de la esquina, como una paloma lánguida y gris, mirando hacia lo alto esperando una pausa que no llegó. Los taxis no pararon, la pasaban de largo y no tuvo más remedio, la última opción: tomar el tren. Ese tren que le fastidiaba, “siempre lleno, siempre lento, antihigiénico, atiborrado de olores, empujones, vendedores, mendigos y rateros…”
Ana caminó contra las vidrieras y se reflejó la mujer mojada, la mujer sola, la de los 46 sin hijos, sin hombre, sin novedad. El rodete prolijo se le había aflojado, la pollera salpicada, se le mojaron las medias y los zapatos de taco, y todavía, debía tomarse el tren.
La gente y los perros se aglomeraban en el andén buscando techo, algunos iban con su boleto, otros, sabían que a veces no hace falta pagar. La distancia no era una opción para Anita, por donde mirase alguien se le pegaba y ni siquiera podía correr.
El pesado gigante a motor humeaba su ruidosa cercanía, la bocina ensordecedora avisaba a la gente que se empezaba a aproximar al borde de la plataforma. Con niños, con bolsos, bicicletas, y carritos... En vano podía esperar un gesto de caballerosidad que la invitase a subir primero por ser dama.
La misma presión de los de atrás la subió, delgada y pequeña no pudo evitar ser arrastrada al interior. Pero no dijo nada, se sabía en terreno extraño, sólo se rindió y se ubicó lo mejor que pudo. Sintió poco a poco que le falta el aire, y esforzadamente luchó por llegar al último pasillo delante de una puerta abierta de la que colgaba un racimo humano, jugándose la vida para llegar al hogar. Respiró. El aire helado la salpicaba, y fue un volver a vivir en medio de semejante de caos.
Anita se quedó quieta y comenzó a ver. Observó aún a aquellos que no se atrevió a mirar a los ojos. Una multitud de hombres de trabajo la circundaban, con sus cuerpos grandes, sus manos rudas, sus torsos torneados de trabajador. Algunos olían a fin de jornada laboral y a tabaco, algunos otros, ya se habrían bañado antes de salir, lo supo por el olor a champú, desodorante y el pelo mojado. Más allá un prolijo cincuentón, que podría ser un abogado venido a menos y un enfermero enfundado en su ambo claro no la dejaron de mirar. Ella en el medio. Ella, la ninfa única y centro del universo.
“En la próxima estación, cuando bajen algunos me muevo al otro vagón”, fue su primer pensamiento, al no poder controlar toda esa maraña de fantasías que la asediaban por momentos.
Y en la próxima se corrió. En ese brevísimo instante de descompresión que sucede entre el aluvión de pasajeros que desciende y el que asciende, hábilmente se desplazó hasta el último furgón. No hizo más que entrar, y ya la sensación de ahogo la tomó de la garganta. Se acercó a la puerta lateral y respiró otra vez. Cuando reaccionó, se encontró parada en la misma situación de antes, apretada y rodeada por doquier. Podía sentir las manos, las pelvis, los torsos, la respiración sobre su nuca húmeda. Anita cerró los ojos. Poco a poco el desprecio fue ganado por la atracción. No podía explicarse todas las sensaciones que le invadían el cuerpo.
En cierta manera estaba molesta pero lo disfrutaba. Se sentía contenida y asediada, observada y deseada, tocada, rozada, apretada… Por momentos los movimientos bruscos del tren, la llevaban de un lado a otro, y podía sentir las manos que la sujetaban y un cuerpo cálido que le servía de soporte por detrás, el mismo cuerpo del hombre que le respiraba, el mismo que ya no insinuaba, sino que la cubría con intención varonil. Se dio vuelta un par de veces y miró al extraño a los ojos, como no entendiendo primero, como permitiendo, después.
Y llegando al puente de Palermo, en lo peor de la lluvia, se cortó la luz de aquel furgón y quedaron todos a oscuras.
Ana se olvidó de que era la secretaria privada del gerente y se soltó el rodete.
Ya eran la 20:30, y no paró de llover.
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