Un domingo de pasada, el tren iba despacio como todos los domingos, de camino a la iglesia. De pantalón gris, de zapatos gastados, de capa verde oliva, de cabello apenas peinado a los apurones, de remolino de hojas en la vereda de Paso y Jujuy, la vi. Parecía que contaba las baldosas, las hormigas, los puchos, las vergüenzas o las despedidas. No le pude ver el color de los ojos… Parecía que el semáforo, la esquina, el cordón de la vereda no representaban un límite a sus pasos o a su afán. Los pasos… veloces y rítmicos, largos e imprudentes, los pasos no contados, los sin referencia de punto de partida o de llegada al infinito.
Mis ojos se arrastraron tras esos pasos, yo, desde la ventanilla del tren veía todo y me anticipaba atrozmente al irrevocable final, y no podía detener el viaje de esos pasos y mis ojos. Yo que la seguí desde la plaza con la mirada enclabada en su figura austera, preocupada y veloz, no pude.
Entonces, bien recuerdo, el semáforo cortó el rojo de la luz de alerta, y como si fuera una bandera de largada para la ferocidad rugiente de los autos, daba paso al otro rojo… rojo de sangre. En un segundo y para mi sorpresa, sus ojos se alinearon con los míos, y los pasos irreverentes pasaron a ser dos piernas que volaban por el aire y recién
entonces la cabeza cobró importancia, cuando pareció estallar contra la boca de tormenta.
Yo creo que nunca se percató de la bocina ni de la frenada insuficientes para que volviera a subir a la vereda. Yo creo que estaba muerta antes de morir, que sus pasos apurados entre la multitud buscaban ávidos el camino del fin.
Un segundo antes, sus ojos sin color, tenían la mirada de la muerte.
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