Nunca me gustaron las mujeres pelirrojas. Por qué? ...no lo se.
Pero esta me gustó inmediatamente al verla, quizás, porque más que una mujer era lo más parecido a un ángel que alguna vez vi.
La vi subir tan elegante, tan de pelo suelto ensortijado, con el pecho blanco enmarcado bellamente por el escote amplio de su blusa roja. ¿Cómo no reparar en ella? Desde el último asiento detrás de la puerta, entre toda la gente amontonada, mis ojos recorrían los intersticios espaciales, diligentes, sólo para verla.
De brazos delicados y manos pequeñas terminadas en uñas prolijamente esmaltadas de rojo. Usaba un pantalón negro, ceñido desde la brevedad de su cintura bajando a la amplitud de sus caderas, que en armónico conjunto con los glúteos redondeados daban cuenta que además, era madre. Y no me molestaba pensar que a lo mejor tuviese hijos, no, porque igualmente era una perla. Tenía el rostro increíblemente hermoso, con algunas pecas, la nariz pequeña y respingada, los labios como cerezas.
El sol le dejó marcado un beso rojizo de tarde veraniega, uno sobre cada mejilla nacarada, como rubor natural que nada borrar pudiera.
Ella era simplemente preciosa. Y si sonriera? Seguramente el sol saldría nuevamente sólo para verla!
Se bajó en Orozco, y yo tras ella. La seguí a distancia por la otra vereda, sin apresurar mi paso para que no me viera. Se paró de pronto y abrió la cartera sacando las llaves para abrir la puerta y yo me detuve un momento en la esquina, me quedé observando hasta que su imagen traspasó la cerca.
Encendí un cigarro y miré las estrellas, me quedé esperando por si apareciera. Pero no volvió.
Llegué hasta mi casa como si nada fuera. Abracé a mis hijos, acaricié a la perra, y seguí de largo entrando a la pieza. No dije más nada para ahorrar peleas y me tiré en la cama a pensar en ella. Tan bella y tan calma, ay si yo pudiera tenerla en mi cama y me sonreiera!
Imaginé a aquel hombre que la poseyera: ¡felíz y maldito por estar con ella!
Entonces de pronto se entreabrió la puerta y mi esposa entraba, tan distinta a ella.
Su ropa de casa, su cara lavada, su pelo ataviado, su apática esencia; me siguió ignorando cual si no estuviera. Se metió a la cama y no dio más señas... Yo en tanto pensaba, en la dama aquella... Tan distinta ahora durmiendo a mi vera.
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