Apenas bajaba del avión recibí la noticia, mamá me lo contó en el bar del aeródromo. Ella parecía afectada y mientras la escuchaba, sorbía un café doble quemado y tibio. Nos fuimos para casa; decidí bajar las cosas y salir. Le dije que mejor me iba sola y me llevé el auto.
A ver... Cuando lo conocí yo tenía veintiún años, fue en frente de Viejo Lobo, en el ex pool Williams, en 105 entre 2 y 3, cómo se llamaba ese bar...? Bueno, no importa, ya me voy a acordar. Era un potro blanco de pelo castaño y de ojos verdes, bailaba como nunca vi bailar a otro chico en mi vida, y al cruzar la pista nos clavamos los ojos como puñales... Sola yo y solo él. Terminamos la noche sólo como amigos, un poco alcoholizados, y aunque vivía apenas a tres cuadras del boliche, ese caballero de dieciocho me acompañó hasta la puerta de mi casa. Eso pasó un jueves y quedamos en que el sábado me pasaba a buscar para salir.
Solamente había tres autos, aunque no era para extrañarse. El viento se llevaba todo por delante, en la costa es así, el viento cogobierna con el sol y hasta le hace golpe de estado con su séquito de nubes cada tanto. Entré rápido sin plantearme mucho la situación. Apenas siete personas distribuidas en la sala y bien lejos del finado, que a propósito era Mario, padre del potro blanco. No conocía las caras porque seguramente, eran los empleados del viejo. Con un tan escueto como desubicado “buenos días”, fui pasando por cada uno hasta dar con esos ojos verdes, algo apagados, ya que como atodos, para él y para mí, dos décadas dejan sus rastros... Se paró de inmediato y me miró un rato: algo nos pasó, pero lo pasamos por alto. Nos besamos en la mejilla y nos abrazamos muy fuerte estrechándonos. Una mujer que estaba al lado se paró y él, me soltó de inmediato. Comprendí que era la mujer y esperé. Nos presentó: a ella como su pareja y a mi como a una amiga de la familia... obvio que no podía reírme.
Aquel sábado me pasó a buscar y fuimos al Establo, un pub que se ponía rebueno a fines de los ochenta y principio de los noventa. Tomamos unos tragos, porque yo era mayor, pero con tremendo metro ochenta y cinco, no sabía que él no lo era! Un rato por la barra, otro en las mesas con amigos, la cuestión es que la noche iba pasando y nuestros ojos ya eran algo más que amigos. Entonces me llevó de la mano al reservado y nos hicimos unos mimos...
La mujer tendría unos cuarenta y cinco años, bien puesta, pero de cara se notaban mal... Se ve que le siguen tirando las veteranas! Enseguida nos acercó a las dos un par de cafés para romper el hielo, porque ella no me miraba como si fuera “una amiga de la familia”. Empecé preguntando cómo fue, por supuesto, comentando las circunstancias en que me había enterado, y él me relató el cuento necesario...
Salimos casi un año, el más dulce que recuerdo en esta vida de amores accidentados. Descubriendo cada día una forma nueva de encontrarnos y descubrirnos en el sexo: yo le enseñaba el Kama Sutra, y él, que a esa edad no hay período refractario! La única vez que vi nevar en Gesell fue con “Brilla tú diamante loco” a través de la ventana de su cuarto...
Después de un rato me levanté y tiré el vasito de café, me fui acercando observando el panorama: nadie hablaba y por supuesto, nadie lloraba. Ahí estaba el viejo Mario con un rosario de plástico enrollado en las manos amarillas, su impecable pelo blanco, pero faltaban sus gritos y puteadas, sus continuos agravios, su manera altanera de pararse y dar las órdenes, de ganarse los odios de la cuadra... Pobre Mario, cómo vas a hacer tu último viaje sin los Benson’s!
Él me miraba de lejos, lo intuía a mis espaldas. Entonces volví para sentarme, considerando que los recuerdos que yo tenía de su padre no eran buenos. Me senté, esta vez junto a ella para equilibrar las cosas, y traté de indagar un poco más sobre sus vidas con elegante diplomacia. Hacía por lo menos siete años que no nos veíamos.
La última vez yo venía en el colectivo desde el hospital con mi hijo, él subió más adelante y se sentó a nuestro lado. Tenía ganas de irse a España con otros locos a probar suerte por un año y después ver si daba para volver o quedarse. Siempre tuve un amor exagerado por Alejandro, quizás desde que me contó que su mamá lo había abandonado a los cinco años, después de una de tantas palizas que le daba el viejo y seguramente se lo dejó por miedo... eso pienso. Una madre no haría eso... A pesar de todo siempre estaba de buen humor y ganas. Yo trabajé en el negocio con ellos un tiempo, les daba una mano en la caja. Todavía me acuerdo...! Cuando no había gente, poníamos un cartelito en la puerta que decía “abierto - golpee”, y nos íbamos volando para arriba. Muchas veces golpeaban y bajaba sola... vistiéndome por la escalera!
Consideré que una hora allí había sido suficiente y comencé a despedirme. De reojo pude ver a un empleado de la cochería con la tapa del cajón en brazos. ¡Qué paradoja Mario, un extraño lograría hacer lo que en tu vida nadie pudo: ponerte la tapa! Todo tiene su tiempo bajo el sol. No hubo intercambio de teléfonos, ni una invitación para otro día. Ni nada. Sólo me acompañó hasta la salida y otra vez ese chucho inesperado recorriéndome la espalda. Me preguntó si me iba bien, le dije que sí, y él me respondió que se notaba. Comprendí que no era la sombra de los años que apagaba su mirada.
Subí al auto, y despacio me fui yendo.
Al menos el café estuvo bueno. |