Elena Cajal zurce sus medias a la luz de una vela, que crepita y parpadea al ritmo de sus suspiros. Ya casi son las cinco y la pava chilla, se apronta un matecito y se calza las alpargatas. Sale, mate en mano a respirar desde su alero amplio el verde impresionante, el ocre teñido como una sepia de distancias, el azul violáceo que guarda rastros de luna entre los cerros de espinos y las primeras bandadas que despliegan en lo alto su ballet esperando al sol. Se arropa en su echarpe frenándole al fresco el poder de atravesarle los huesos, el corazón y las llagas; el mate hace ruido, ruido a vacío como su alma de mujer-hembra, chupada y enfriada.
A lo lejos una manito ondea a lomo de burro, y otras tantas que entre piedras le va acercando el sendero.
Vuelve a entrar. La olla hierve a tiempo, el puñado de yerba cae y bulle en remolino como alguno de los recuerdos de la Elena joven.
Saca de entre los repasadores la tortilla calentita y dispone sobre la mesa los vasitos de plástico, rayados y descoloridos como su pelo que era puro brillo largo y renegrido, allá cuando su vocación la llevó a ser la maestra rural de aquellos parajes, en elección contraria a la voluntad de su familia, de aquel que era su novio, de sus amistades... Quería probar, experimentar y montarse en la experiencia por un año nada más… Y tenía toda la dentadura buena, la mirada fresca, los sueños a flor de piel y la esperanza de aportar cambios a la vida de esa comunidad con sus entusiastas aportes. - Sólo por una año…- dijo aquella vez.
El matecocido humeaba su vapor y se hermanaba en el aire con el olor de las tortillas al rescoldo. Un fuego amigo ardía en el vientre de hierro de su vieja compañera de inviernos, “la económica”.
Uno tras otros, los chicos entraban a la casa-escuela de Elena, la besaban, la abrazaban, la querían…
El sol se posaba en las ventanas a los codazos con el viento, y hasta metía la cabeza a través de los vidrios impecables, para no perder detalles.
- ¿Qué pasa que no ha llegado el Evaristo?- Preguntó, preocupada por su compañero.
Los niños se miraban y esbozaban una sonrisa apenas perceptible entre los cómplices.
- ¿Estará enfermo? No creo si ayer a la tarde estuvo arreglándome una ventana y no tenía nada malo…
- Ya estará por llegar seño, no se preocupe…- Le contestó una niña, mientras trataba de no atragantarse en la respuesta.
No pasaron diez minutos que la camioneta llegaba hasta la escuela.
Elena y los chicos miraban atentos. Cuatro personas bajaron del vehículo portando una gran caja y se iban acercando.
- ¿Pero quienes son éstos? Se preguntó para sí, en tanto se tiraba encima el echarpe y salía al encuentro de los extraños que seguían al Eva.
- Buenos días señora…
- Buenos días. Señorita, soy… señorita.
- Hola Elena, el señor es el intendente de Cruce Seco, la señora es enfermera y el señor es médico…
Elena saludó tendiendo su mano amable, sin entender bien de que se trataba todo aquello.
Evaristo terminó las presentaciones y explicó que estas personas le traían una buena noticia.
Elena había sufrido muchos años el ver a sus chicos enfermos, sin atención, vacunas, nutrición adecuada, y todo un sinfín de problemáticas asociadas a la situación social de ese entorno. Eso la llevó a realizar toda clase de gestiones, notas, y pedidos a las autoridades, nunca respondidos, por eso sus ojos se ampliaron de asombro y alegría atinando sólo a agarrarse la cara con sus dos manos.
Evaristo se quedó a cargo de los niños, que disfrutaron de sus historias, hasta que no hubo más remedio que retomar las ecuaciones matemáticas y ejercicios de geometría.
- Señorita, estos profesionales van a realizar un trabajo de campo para recabar toda la información necesaria y requerida a los fines de construir aquí juntito a su escuela un puesto sanitario para atender no sólo a sus niños y a ud. sino también a sus familias. También vamos a trabajar con un asistente social, a fin de darle solución a las prioridades de esta comunidad, que es pequeña pero muy dispersa entre estos montes.
Trajimos un equipo electrógeno, elementos de primeros auxilios y provisiones para un mes. Su escuela será el punto de referencia y necesitamos de su ayuda para concretar este proyecto por su conocimiento y experiencia.
Las palabras del joven intendente sonaban a caricias para Elena.
Después de unas horas de charla y matecocido con tortilla, Elena no pudo evitar realizar una pregunta:
- Señor intendente, con todo respeto, yo a usted no lo conozco, es seguro que asumió hace poco. Dígame, ¿cómo es que usted recoge esta necesidad que nadie tomo en cuenta antes?
- Mire estimada señora, le voy a contar algo. Mi padre nació y se crió en este lugar. La pobreza lo hizo emigrar a la capital para conseguir trabajo a pesar de que tenía apenas doce años. Allí vivió, se hizo un hombre joven, conoció a mi madre, se casaron y de ahí yo y mis hermanos. Yo era el más apegado a él, siempre estábamos juntos y me contaba cosas que quizás a mis hermanos no. Siempre me decía que yo debía ser diferente, que debía esforzarme y estudiar para cambiar cosas y hacer bien a mi gente. Dentro de sus historias de vida, el no podía dejar de recordar a una mujer que lo marcó tremendamente. Una chica jovencita, decía él, pero con la sabiduría y el cariño de una abuela. Que ya no vivía por ella sino por sus alumnos. Esa mujer es usted. Y mi padre era Osvaldo Figueroa.
Elena se tiró a los brazos de ese joven y lloró. Lloró de alegría, de emoción y entendió que por ese tremendo impacto producido en aquel alumno, ese ejemplo de vida que se trasladó hasta ese hijo, todo había valido la pena: el pasarse la vida entre los cerros, haber perdido el amor de su juventud, y el enojo de sus más cercanos que no entendieron, y quizas ella en ese entonces tampoco, que su dedicación era una siembra, y el Dios de la vida le permitiría saborear ese delicioso fruto… cuarenta años después. |