Fue a las dos y media de la tarde, justo a la hora en que el Lexotanil y la siesta se combinan para crear la pareja perfecta, o al menos eso era lo que creía Sarita. Pero ese día, Augusta decidió quebrar espacios, romper designios, abrirse paso y volver a vivir.
Extendió trémula la mano derecha y encendió el velador. Como siempre , al costado de la mesita de luz, la empuñadura del bastón brillaba en su deseo de volver a ser el compañero firme de sus pasos. Estiró la mano un poco más hasta alcanzarlo y volvió a sentir el peso de su cuerpo como un verdugo que no quiere que se escape de su celda de castigo. Con todo lo que le quedaba de fuerza se incorporó lenta y pesadamente, habían pasado muchos meses desde la última vez que lo intentó. Por fin consiguió sentarse en el borde de la cama, con el bastón atrajo de a una las pantuflas que estaban un poco alejadas. Se las calzó como pudo, tomó aire y apoyada en su coqueto amigo de almendro y bronce, se puso de pie. Sacó del doblez del puño la pastilla y la tiró sonriente, pícaramente, orgullosa de la astucia con que pudo engañar a su joven cuidadora.
Pasó por la cómoda primero, luego por la silla tapizada en gobelino y enseguida el picaporte de la puerta, parecía que todo en esa habitación estaba de su lado y le servía de mano hasta llegar al pasillo. Miró cuidadosamente antes de dar el paso. Todo indicaba que no había moros en la costa. Pasito a pasito, con la dificultad de los años y de su afección coronaria lograba sortear los pocos metros de ese corredor hasta visualizar la puerta trasera de la casa y la amorosa vista de su bello jardín.
Al atravesar el comedor embelesada con la imagen soñada de sus rosas no se percató de que a diez metros de ella, más o menos, Sarita y el jardinero hacían el amor sobre el sillón de cuero de la sala. Ellos tampoco se enteraron de la travesía de la anciana.
Arrastraba sus pies, el bastón ayudaba, y de a poco Augusta se vió frente a su pequeño paraíso privado, al que no salía desde que empezó el otoño. -Tienen que cuidarla mucho del frío en el pecho, nada de andar afuera - habría sentenciado el cardiólogo, y esa sentencia había sonado como una condena para su espíritu.
Unos pasitos más y ya en el patio, aunque la luz le dolía, se iluminaron sus ojos llenos de años y amor. La hamaca permanecía intacta bajo la Santa Rita granate, el limonero cargado de sus verdes y amarillos era el celador del patio, pero el jazmín, ah el jazmín!, fluía su reinante señorío en olas de fragancias que rodearon el corazón de la mujer.
Se atrevió a cortar el más bello de sus pimpollos, y hasta una ramita de helecho para formar el buquet, se sentó en la hamaca, se llenó el pecho de trinos y sol, como en aquellos años en que su amado Jean Pierre le acercaba una limonada fresca.
Contemplaba dificultosa y jubilosamente su tiempo dorado a través de historias que revivía en su pequeño edén: las tardes de primavera disfrutando con amigas, las noches veraniegas bebiendo un trago con él; la crianza de sus hijos, la llegada de los nietos, el advenimiento del tiempo que la sorprendió en silencio... Sólo recuerdos.
Desde su cuarto se oían los gritos de Sarita- ¡Augusta! ¡No está...! ¡¡¡Augustaaaaaa!!! Y del nido de sus manos un buquet hecho paloma, rodaba liberado y se echaba a volar...
* Para todas las Augustas. |