Callejas oscuras y claras rodean la casa vieja, como guardando la torre de alguna noble doncella. Las campanadas del lejano reloj me llevan a ese tiempo, casi sonriéndoles a esos rostros amados, reflejos humanos de aquello que fue.
Recorrí las habitaciones en gasas volátiles de un verano acogedor y cálido, pleno de figuras llenas que producían bienestar. Del otro lado del corredor, la abuela entonaba himnos que invadían las habitaciones con todo el misterio de su voz, en ese canto profundo que exorcizaba con su encanto al miedo y a todos los fantasmas que una niña de siete años aún no sabe controlar.
Mis ojos se aferraron a la alcoba principal y a sus satenes, sus panas, sus tapices encendidos y que aún guardaban en sus telas olores a cálida intimidad. Al final de la escalera se abrió la gran arcada por donde se apreciaba un comedor espléndido y más allá, la cocina, donde la criada comenzaba a guisar sus conejos a eso de las ocho. Alacenas y anaqueles añosos guardaban secretos en sus vientres de roble: ungüentos y jarabes, aceites almendrados, mentolados, alcanforados y linimentos, porque cada mal tenía para sí su propio remedio, según el abuelo.
Saliendo de la casa al fresco, el sauce acariciaba los ritos caseros: el mate, el cigarro y el cuento, bajo su melena verde peinada a viento.
- ¿En qué pensás Amalia?
- ¿Qué?
-¿Qué te pasa?
- Nada Clarita... nada...
- ¿Querés una fruta seca?
-No.
Mi hermana pequeña no sabía nada de todo aquello, recién salida de la panza, pobre ángel ignorante y venturoso!
No recuerda el día en que lo abatieron
por llevar buen nombre, por ser hombre recto.
¡El abuelo, el sauce, gimieron a un tiempo!
Y entre las polleras encontré consuelo
mientras que unas manos cortaron mi aliento:
-No hable mi niña, no grite ni llore!-
Pobre la criada llamada Dolores!
La abuela caída sobre la escalera
ya no la escuchaba, respiraba apenas…
Su voz silenciada, pobre almita buena!
en baño de sangre tiñendo la ausencia.
Los hombres se fueron como aparecieron,
sombras despiadadas, todo oscurecieron!
La casa de magia fue casa de pena,
sin cuento de abuelo, sin canto de abuela,
sin sauce peinado, sin voz que consuela...
Niñez de fantasmas que aún me desvelan.
+Gracias Marta Mazzilli por tus ideotas! |