Llevaba ya tres días, que como popularmente se sabe, son los de mayor prueba. Salí de casa presurosa como casi siempre y se me hacía tarde, como siempre!
Esperaba entre la muchedumbre el colectivo-horno para transportarme, mientras me perdía en mi tonto orgullo que me hacía esbozar una sonrisita leve, una de esas que hace que la gente piense “esta loca se ríe sola, pobre”. Pero no importaba, seguí sonriendo. Me acerqué al kiosquito y compré una botellita de agua mineral bien helada, y cuando estaba pagando veo que por allá venía doblando la esquina el roncador armatoste para cocinar gente en movimiento, spiedo de humanos, mejor conocido como colectivo. Metí la botellita en la cartera y apronté las moneditas. Alguien se me adelantó y le hizo la consabida seña para que pare, se arrimó al cordón y uno a uno fuimos manoteando el caño hirviente y trepando con resignación. Había tantos pasajeros que no podía llegar hasta el boletero. Imposible respirar, imposible agarrarse bien, imposible no pisar o que te pisen! Imposible día de 33° C para cualquier cosa y más aún para hacer trámites en las calles ardientes.
Finalmente llegué a destino: un corralón de materiales a donde tenía que recavar toda la información de precios para los materiales de la obra. Desde la vereda hasta la entrada había unos trescientos metros de tierra colorada que se arremolinaba ante mis ojos como en una típica imagen desértica, y se me pegaba al cuerpo y a mi recién estrenada camisita blanca. Mis pies empezaban a clamar clemencia y tenía ganas de arrancarme el corpiño que parecía querer cortarme en dos, y tirarlo al diablo! (maldito invento). Crucé el predio y finalmente estaba dentro. No todo estaba perdido: ¡tenía aire acondicionado!
Me tomé el tiempo del mundo para armar mi presupuesto, sabía muy bien lo que me esperaba a la salida. Los pasillos eran todos míos, claro, ¿a quién se le ocurre ir a un corralón de materiales en un día infernal, a las dos de la tarde? De pronto me acordé de mi agüita mineral, clarita y helada… Cuando abrí la cartera, salía vapor… Mi agüita estaba ideal para lavarse los pies en un 25 de julio, más o menos! Lo de “heladita” era un recuerdo fugaz. Si hubiese tenido un cubito me hacía un caldo. Resigné mi boca reseca, conformándome con la frescura leve del local.
El proceso de selección me llevó como una hora, y luego con mis notas me acerqué al vendedor que elaboró el presupuesto en otra media hora, de allí fuimos a ver que descuento podía obtener, después fui depurando el pedido y finalmente concreté el pago lamentándome por partida doble, una por el gasto (Dios mío, cuánto cuestan los materiales!) y otra por el infierno tan temido que me acechaba puertas afuera.
Salí dolorida pero contenta de tener lo que necesitaba, aunque el contento duró lo que tardé en atravesar la puerta y ver frente a mi el dantesco paisaje de los trescientos metros.
Repetí las operaciones consabidas de cruzar el predio, esperar el bondi y regresar a casa.
Al llegar me esperaba una sorpresita: mi hermana estaba de visita y esperándome con un licuado de banana helado con hielo granizado, un cake de manzana frío y helado de crema. La besé y abracé, luego entré de cabeza con el licuado y no podía evitar caer en la tentación de probar esa torta fresca que me hacía agua la boca.
Después, me saqué las sandalias me pegué una ducha y mientras el agua refrescante caía por mi cara pensaba en mi sonrisa exitista de hacía tres horas atrás, cuando me consideraba una triunfadora en su tercer día impecable de dieta!
|