Ya había pasado el Niño. La noche de Navidad dejaba sus restos de unión familiar, algunas botellas vacías, papelitos de petardos en el patio, y paquetitos de regalo volando por el vecindario. No sé porqué, pero imaginaba que Papá Noel no me entendía la letra. Mientras las nenas de al lado se floreaban con sus muñecas que hablaban y caminaban, cochecitos de bebés y patines con rueditas, a mi me traía un collarcito de cuentas pintadas , algún anillo y pulseritas de plástico.
Mis vecinas jugaban a tomar el te con sus teteras y tacitas que eran un amor. Mientras yo barría con la escobita de paja los restos de cohetes quemados.
Así entonces, abrigaba la esperanza de la noche de reyes, porque a lo mejor, estos hombres del oriente entenderían mis arabescos…
El ritual era soñado. Primero le preguntaba a mamá, como cada año desde que entendí lo de los reyes, cómo era que iban a venir, entonces ella me contaba de tres reyes muy ricos que pasaban buscando al Niño Jesús, pero como no lo conocían y querían darle un regalo, por las dudas pasaban por todas las casas dejándole uno a cada niño del mundo, para asegurarse que le llegaría también a Jesús.
Como venían de un viaje largo en camello, los niños tenían que preparar pastito fresco y agua para las bestias, de modo que pudieran seguir su camino hasta llegar al Niño de Belén. En el mismo lugar dejábamos un par de zapatos como señal de que estábamos esperándolos. También me contó que había sólo una condición para recibir el regalo y ésta era que ningún niño debía verlos, sino, no habría regalo. Entonces me acostaba temprano, con algún reloj cerquita para saber que a las doce andarían por ahí, pero por supuesto nunca los vi, ya sea porque me dormía o por temor a que se enojaran y no me dieran mi juguete.
Una noche de esas, recuerdo que me acosté temprano y me quedé desmayada del sueño, hasta que en un momento escuché un ruido que venía del fondo, del lugar en donde les había dejado el agua y el pasto. Me levanté corriendo y al llegar me encontré a mi papá en calzoncillos y camiseta protestando porque se había caído por tropezar con mis zapatitos blancos. Yo no entendía nada pero lo interrogué seriamente:
- Pá, porqué estás en el lugar que preparé para los reyes?
Y antes de que pudiera contestarme le dije:
- ¿mirá si por tu culpa no me dejan mi regalo?
El viejo me alzó enseguida y me dio un beso, me dijo que los vió cuando ya se estaban yendo.
- ¿Y mi regalo?
- Acá está!
Y me dio un paquete grande. Lo abrimos juntos, y a que no saben? Era la muñeca más linda que yo había visto, y en la parte de atrás se abría una puertita y tenía un minitocadiscos, si! Mi muñeca podía cantar!
* Gracias Marta! |