Caminó lentamente los pasos del destierro. Ella no miraba atrás y a cómo de lugar se empeñaba en sacarle al futuro una sonrisa, aunque su rostro entero estaba cubierto por un velo de lágrimas. Soltó una caricia sólo para el perro, el viejo guardián que gemía a su lado, y caminó con entereza esa última vez del corredor oscuro. Y más allá la calle, la luz, el mar, el viento... la vida... un pasaje hacia permisos que deleitarían al paladar más exquisito: la libertad.
Pronto, la envolverían las caricias de las amigas, los cuidados de su madre, la complicidad de su hermana y la fortaleza única que le inspiraban sus dos hijos.
Al caer la tarde todo parecía estar muerto y entregado, a punto de ser sepultado con los restos del sol, que poco a poco iba siendo tragado por un ávido horizonte tan incendiado como su pasado. Su semblante límpido y erguido daba cuentas de lo íntegra que estaba su alma considerando el desastre que había atravesado, uno de los más grandes que puede enfrentar el corazón de una mujer. Una hora después, la camioneta entraba a la que sería su nueva morada aunque ya conocida, y al abrirse las puertas rostros añorados la recibían con el mismo gran amor que en el pasado la habían despedido para que fuera feliz.
El jardín se llenó de risas de bienvenida, alboroto y abrazos. Con su sabia mirada, la sonriente Amalia le daba su bendición desde el portal. Entonces se arrojó de prisa hacia tantos brazos y sonrisas y cruzó el jardín, y abrazó a su madre. Belén y Ramiro venían corriendo con sus primos por la vereda, jugando carreras para ver quien sería el primero en besar a Sofía, su madre, después de un largo y penoso día de embalar pedazos de su vida; después de infinitas escenas repetidas de angustia sin razón desmedida, de espejos sin reflejo, de días y noches cíclicas en que se prometía a sí misma, sólo serían una transición a buenos tiempos, esos que nunca llegaron desvaneciéndose en el polvo del camino.
La noche regaba su húmedo perfume de rosales en la casa materna donde un reinado de matriarcas celebraba por la bondad de la vida, los hijos y hasta algún amor, alumbrando entre luciérnagas y arboledas de verano...
Por fin, estaba en casa.
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