Querido Ignacio:
¿Cómo estás? Quisiera saber de vos…
Seguramente te extrañará esta carta, que llevo tanto tiempo diagramando, reescribiendo y borroneando, pero que al fin verá la luz!
Es tonto explicar como suceden ciertas cosas, pero tengo que decirte que hace mucho tiempo que no tomaba chocolatada fría con pepas, nuestras favoritas, y hoy estoy aquí haciéndolo, mientras inevitablemente te recuerdo. A la tarde cortábamos un poco cuando aflojaba el trabajo, y esa era nuestra merienda. Te acordás?
Entre todas las cosas ricas que teníamos al alcance de la mano elegíamos las pepitas de membrillo, qué cosa!
Qué buen compañero Ignacio, y qué buen amigo! Cómo me hacías reir, con tus locuras, tus inventos, tus personajes, tus canciones improvisadas! Qué lindos esos veranos de mucho trabajo, mucha diversión, muchos proyectos. La vida florecía todos los días y la alegría parecía no tener fin.
Fueron cinco veranos, cinco, como un sello de fuego en plena adolescencia.
Después de cerrar el negocio nos íbamos volando a producirnos, y de ahí al casino, a algún pub, al karaoke, a la disco, o a la playa a charlar de nuestras vidas bajo las estrellas mientras las olas suaves nos mojaban los pies… Siempre me entero de algo de vos. Aunque a veces no haya querido…
Supe que te recibiste de médico pediatra y que te fuiste al sur, y que te fue muy bien. También me enteré que aquella noviecita escuálida y feúcha del último verano que pasamos juntos, hoy es tu esposa y que tienen cinco hijos preciosos.
Yo se que nunca te enteraste que esa foto que se te cayó de la billetera en el ’87, duerme bajo mi almohada cada noche, y que dejé de escribirte cuando me contaste que te ibas a casar.
Fui cobarde! Me mantuve siempre al margen porque tenía miedo. Porque no me atreví a tener sólo una aventura y dejarte escapar. No hubiese podido conformarme con un romance de verano, cuando tenía todo lo bueno, que sabía bien, a tus chicas no les dabas: los desayunos, los almuerzos, las meriendas, las salidas, las largas conversaciones, los planes del futuro, y hasta qué te ibas a poner para salir; todo, TODO eso, lo consultabas conmigo, y hasta me daba el gusto de abrocharte algún botón o arreglar el cuello de tu camisa, y tantas cosas que recuerdo y me dan tanto placer.
Nunca nada más que besos en las mejillas y tiernos abrazos. Nada más y nada menos… Teníamos 17 y 20 cuando nos conocimos y todo fluía sin mal.
Si me vieras hoy! No se si me reconocerías. Yo no volví a ver tu rostro pero siento que esos ojos de esmeralda, de mar de enero, de cielo y sudestada, siguen siendo aquellos de los que me enamoré.
…Y como la vida me volvió prudente, esta carta morirá húmeda en mis manos, porque una de las cosas que supe de vos, es que seguís preguntando por mi. |