La ventana de la casa es una gran pantalla, donde sólo puedo ver la misma vieja película, siempre borroneada. Mis ojos y la distancia... con el tiempo se han reconciliado. La distancia y mis ojos obstinados y cansados de esperarte, que aprendieron a leer las marcas del camino a alguna parte, esa parte a la que no pueden llegar.
Al menos cada tres meses, más o menos, el paisaje cambia, rota, muta, se transfigura como los días consecutivos de noches, en rueda que gira si final. De alguna manera ese fondo de pantalla tiene sus encantos de amaneceres tornasol, atardeceres de fuego, noches estrelladas, mañanas lluviosas, mediodías tibios, anocheceres gélidos, madrugadas interminables...
De vez en cuando una mano se levanta agitada y no tan lejos. La mano del cartero que saluda como una suerte de extraña compensación por las facturas que me deja. Entonces me asomo y educadamente le contesto con un sobrio - ¿Cómo le va Juan? ¿Nunca una de amor?, y él deja escurrir una sonrisa y me dice que cada vez falta menos... Y yo trato de creerle, pero ya no creo... Y entre que me entrega las diversas boletas a pagar me cuenta algo de su vida y en esos cinco, diez, quince minutos me devuelve a la raza humana, a la civilización, a la tierra. Así me entero de los problemas vecinales, de los conflictos municipales, de los últimos casamientos, divorcios, nacimientos, defunciones y hasta de algún cumpleaños de quince.
Hace tiempo que dejé de ir al pueblo. Hago las compras por teléfono, y me las mandan con un chico que apenas me larga las bolsas en el porche, cobra y sale disparado. Parece que me tuviera miedo o que no le hubieran hablado bien de mí, lo intuyo porque casi ni me mira a la cara. Ni las propinas le han hecho cambiar de idea. Así que Juan se ha convertido en esa visita esperada y obligada que acompaña cada vencimiento.
A veces me quedaba mirándolo marcharse y calculaba: tendrá cuarenta y ocho, cincuenta, cincuenta y cinco..? Algunos días se lo veía fresquito, sonriente, impecablemente engominado; otras, su rostro anticipaba lo que diría después; me comentaba que no veía la hora de jubilarse y largar la bicicleta para siempre.
Aquel día, era un veintitrés de noviembre. Me levanté temprano. Con una mano regaba las plantas mientras en la otra sostenía un mate, y de tanto en tanto relojeaba el senderito buscando la bicicleta. Pasaron unas horas y supuse que sería uno de esos días atareados para mi cartero, esos que le hacían anhelar el retiro. Recogí la manguera y a los pocos minutos llegaba la camionetita del almacén con el muchacho asustadizo.
Como siempre bajó las bolsas, pero esta vez sus ojos buscaron los míos. Estaban brillantes, inundados y sin más, comenzó a llorar y se me tiró al cuello. Lo abracé instintivamente sin entender lo que sucedía.
-¡¿Qué te pasa querido?! ¡¿Qué te pasa por Dios?!
En cuanto pudo reponerse me lo contó todo. Y mientras escuchaba lo que decía, mi mente no podía o no quería comprender sus palabras ahogadas. Mis ojos se agrandaron y empezaron a llover una tristeza interminable.
Un camión había atropellado a Juan mientras venía por la ruta a traer mis cartas. Maldije el haberme venido tan lejos del pueblo, maldije a las boletas, maldije al camionero, maldije y maldije, pero no era suficiente...
Todos conocían y querían a Juan el cartero. Mi último amigo, mi último compañero.
El muchacho sacó un papel arrugado del bolsillo y lo puso en mis manos. Todavía temblorosa y consternada pregunté que era aquello, a lo que el chico respondió que lo leyera tranquila cuando el se fuera. Subió a la camioneta y arrancó. Entré a la casa y me sequé los ojos. Me desplomé en el sillón en que lo esperaba por las mañanas, sentada frente al ventanal sin querer creer la noticia que acababa de recibir. Y mientras mi mente divagaba entre la realidad y otros mil pensamientos recordé que tenía que leer el papel que apretaba en mi mano y comencé a hacerlo.
"Señora Laura:
Yo no se cómo va tomar usted este atrevimiento, pero dado que somos personas adultas y siempre fuimos respetuosos uno del otro, se que UD. no podría interpretar mal mis palabras.
Aunque no lo diga con mi boca, le diré mediante ésta que todos estos años de venir a su casa han ido acrecentando en mi un afecto particular hacia usted. Sólo quiero que lo sepa, y lo medite, y la próxima vez que venga hasta su casa me permita saber si mis intenciones amorosas son o no correspondidas.
La próxima vez sólo vendré por usted, porque ya me salió la jubilación.
Sinceramente, Juan."
Desde entonces el sendero lleva y trae lo mejor de los recuerdos, y a veces, me parece que es mi Juan el que regresa, trayendo en sus manos una carta de amor.
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